
“Después del estallido de la guerra civil en Afganistán, China cerró su embajada en febrero de 1993 por razones de seguridad. No hay personal allí. No tiene fundamento afirmar que China ha enviado regularmente diplomáticos a Kabul. Los informes de que China ha proporcionado asesoramiento sobre la construcción de presas y redes telefónicas y de que China ha firmado un memorando de entendimiento con los talibán sobre asistencia económica y técnica también carecen de fundamento”.
Con esta rotundidad rechazó el ministerio de Relaciones Exteriores de China, cuatro días después de los atentados contra las Torres Gemelas (11-S), la noticia publicada por medios estadounidenses señalando que Beijing había establecido relaciones formales con los talibán. El gigante asiático tenía motivos para no hacerlo. La ideología fundamentalista, la alianza con al-Qaeda y las sospechas de que Afganistán era un centro de operaciones para los combatientes del Movimiento del Turquestán Oriental (ETIM) empujaban al gobierno chino a desconfiar y actuar cautelosamente con el grupo islamista afgano.
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Retirada estadounidense y victoria talibán: las preocupaciones de China en el nuevo Afganistán — Descifrando la Guerra