En recuerdo obligado de todos los morandos, fórcolos y barnabuces que en España son y han sido.
Qué tiene Madrid que te empuja al callejeo, a la husma, a las derivas sin sentido, al flanear y al flambear incluso, aunque vayas de capa caída, y te agotes enseguida. Ya no eres el mismo que escribió con ganas Peatón de Madrid y eso se te olvida con facilidad, y aun así insistes en ese patiperreo a la caza de ese insólito madrileño del que habló Eugène Dabit (Hôtel du Nord) que salta donde menos te lo esperas. Así esta mañana en el Rastro donde a lo tonto he hecho migas con un chamarilero ya mayor, por cuenta del desbarate de todas nuestras cacharrerías y herencias, y de los restos de una calavera que hemos examinado con detenimiento hasta concluir que bien podía tratarse de los restos de alguna autopsia de pueblo…
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