
Como todos los años precedentes, 2021 tiene su 20 de noviembre. Como todos los años, en este se recordará igualmente el de 1975. Claro que los que lo recordamos por haberlo vivido seremos cada vez menos. En paralelo, aumentarán los que no lo hicieron. Para estos, que al menos tendrán ya más de la cuarentena y verosímilmente se preocuparán por la educación de sus hijos, conviene señalar que se trata de una fecha inscrita con alegría en el corazón de muchos. Ciertamente, en el de quien esto escribe.
Después de casi tres años de guerra y cuarenta de posguerra, de los cuales la mitad se pasaron en el autoaislamiento económico (autarquía se decía entonces) y en una represión inmisericorde y con suma frecuencia cruenta para republicanos, liberales, socialistas, anarquistas, comunistas, masones, librepensadores, ateos -todos globalmente incluidos en el concepto de la «Anti-España-, una modesta prosperidad alentada por la emigración, el turismo y la inversión extranjera en medio de una continuada violencia estructural (algo más sofisticada), el 20 de noviembre de 1975 entreabrió las puertas a la esperanza. No sin temores. La Transición también tuvo sus víctimas, de muy diverso tipo. De violencia etarra y de violencia policial, pero alumbró un rayito de luz.
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