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La celeridad con que el presidente del Gobierno, sin encomendarse a Dios ni al diablo, saltando sobre la tradicional simpatía de la izquierda española por el frente Polisario, le ha entregado el Sáhara a Marruecos, a cambio, supuestamente, de que este país frene la avalancha de emigrantes, me parece que es otro signo de los nuevos tiempos. Esto se ha acogido con un encogimiento de hombros general, y si acaso lo que preocupa del asunto es si afectará al suministro de gas argelino, o al precio que pagaremos por él.Lo llaman «realpolitik». Asistiremos por todas partes a tomas de decisiones glaciales e implacables. Emergerán aquí y allá figuras demoníacas en las que nadie había pensado, que no supimos prever. Tampoco es imposible que nosotros mismos seamos objeto de alguna de esas figuras. O que nos convirtamos, de vez en cuando, en una de ellas.
Esperando a unos demonios para cenar, por Ignacio Vidal-Folch