
La entrada me la da Cervantes, aunque con regustos de los esperpentos de Valle-Inclán: Y luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada,/ miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Fuese y no hubo nada, o muy poco. Pasó el Borbón emérito por las regatas de Xanxenxo por las que anduvo el Bribón, muy marinero, disfrutó de la estancia con sus cortesanos de precio, banqueteó de muy guapa manera y cuando se iba, dijo muy terne en su papel de guapetón inmune por derecho divino, que de explicaciones nada, que de qué. Y llevaba razón por mucho que sonara a carta fullera. Quedó el desplante en el aire y fuese el regio comisionista por donde había venido, dejando a su espalda una estela de ruido que se apagó enseguida, con algún salpicón de reclamos republicanos que quedó como humo de vela de un entierro que no acabará nunca de celebrarse: el de la monarquía. Ese apagón de fuegos parece ser la norma de esta corte de los milagros en la que vivimos.
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Del Ruedo Ibérico — vivirdebuenagana