Del repositorio inabarcable del lenguaje brotan cada día palabras de significado incierto e inquietante, nuevos campos semánticos de los que ignoramos su onda gravitatoria y su deriva orbital. Mediador, ferrovial, tamames, son los especímenes abisales llegados en los últimos días a la superficie del habla. Las usamos, las manoseamos, intentamos ponderan su peso y textura para cerciorarnos de su peligro potencial y buscarles acomodo en nuestro ecosistema cognitivo.
Mediador parece significar un parásito feo y obeso en calzoncillos del que no se sabe cuántos huevos ha puesto en el sistema circulatorio; ferrovial es el patrimonio que nos han birlado los orangistas holandeses mientras nos esforzamos en conservar las plazas de toros, y tamames, un narcisista senil ataviado con vivos colorines y empeñado en que los españoles, así, a lo grande, escuchen lo que tiene que decir. Si el país fuera un parque temático, nadie podría negar su atractivo y su capacidad para tener embelesados a niños y mayores mientras se toman una cervecita en las terrazas de doña Ayuso. Desgraciadamente, estos neologismos, como el muñeco Chucky, traen una carga ominosa que nos mantiene desvelados.