Ciudades del Jazz

El Jazz, su vida y su cultura

La música es una vibración, una energía que nos impulsa. Bien sea para elevarnos en nuestros sentimientos más íntimos o para hacernos danzar, actúa a modo de combustible que nos alienta y nos mueve. Energía básica y primaria que establece un orden temporal en el caos y se halla presente desde que el hombre es hombre en buena parte lo que constituye nuestra vida cotidiana. Si la cultura, en un sentido amplio, es en buena medida lo que el ser humano aporta a su simple condición de animal vertebrado, la música supone parte fundamental de esa aportación. Nos acompaña en los momentos más difíciles y en los alegres sirve de elixir a las penas y nos ayuda tanto a trascender como a pasearnos por lo terrenal. La música es grande y hermosa, dulce y poderosa, forma y contenido. Cuando escuché jazz por primera vez, experimenté un puñado de sentimientos que al principio no pude definir con claridad: sabía poco de aquella música, y sin embargo me atraía con fuerza. Tenía claro que, tanto emocional como intelectualmente, me sentía fascinado por lo que escuchaba. Me intrigaba su libertad, su poder rítmico, su vibrante carga emocional. Cuando tuve acceso al jazz de tipos como Miles o Coltrane, las sensaciones se hicieron aún más intensas; literalmente, la música me dolía, con ese dolor punzante y hermoso del que hablaba María Zambrano refiriéndose al Arte verdadero.

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