¿Qué puede hacer la izquierda? Pues lo tiene difícil, empezando por el adjetivo progresista que se atribuye a sí misma. Progreso es una noción arrumbada desde hace treinta años, cuando los neoliberales y compañía cancelaron la filosofía alemana, desde Hegel a Habermas; ahora, la mismísima Alemania está en recesión. La historia, que progresaba dando dos pasos adelante y uno atrás, se vio remplazada por una aceleración cuántica de la tecnología y de la finanzas, que satisfizo las expectativas de la humanidad a la vez que la despojaba de sentido. El resultado es que la gente mira más al espejo que a la brújula, a su ombligo que al horizonte, y ha sustituido la protesta activa por la queja pasiva. El mundo es una explosión de partículas enamoradas de sí mismas, que no encuentran su órbita. Para muestra, un botón: el artefacto sumar, paradigma de la unión de la izquierda, alberga bajo su paraguas a una veintena de partidos, más independientes, cada uno con su cadaunada. Basta que los votantes de una o varias de estas microsiglas no quieran compartir el asiento en el mismo autobús con los de otra para que no acudan a las urnas. Ya ha ocurrido no hace ni dos meses en las elecciones regionales y locales. Estas generales del próximo domingo van a ser verdaderamente agónicas.
Urnas al borde del precipicio
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