
En la asignatura de moral católica que impartía don Jovino a una tropilla de entre los quince o dieciséis años en la escuela de comercio de la remota provincia, el capítulo dedicado al sexto mandamiento no entraba en el examen, no era necesario explicarlo ni estudiarlo, simplemente era una caverna oscura en la formación moral de aquella juventud. Don Jovino era un cura típico de la época, cabezón y orondo, papada derramada sobre el alzacuellos y sotana abotonada de la cabeza a los pies como una gigantesca bragueta de antes de las cremalleras. Los millenials pueden hacerse una idea de su apostura pensando en Jabba el Hutt, el malo de Star Wars que tenía a la núbil princesa Leia encadenada a sus pies. El preste pensaba, no sin razón, que la exploración del sexto mandamiento de la ley de dios era más ocasión de licencia y excitación que de penitencia. En efecto, los jóvenos y las jóvenas que formaban el alumnado no podían evitar echar un vistazo a aquellas páginas más obviadas que prohibidas, y el resultado era sorprendente. A este escribidor, as a young man entonces, le llamó la atención una errata de imprenta, no infrecuente en aquellos descuidados manuales, alojada en el listado de pecados de la entrepierna, donde debía decir estupro decía estupor. Y esa fue la educación sexual que recibieron los españoles desde el final de la guerra civil hasta la llegada de las mamachichos a la televisión.
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Errata en el sexto mandamiento