Ahora que menudea el cargo de antisemitismo para designar a quienes se horrorizan y/o protestan contra la matanza de gazatíes bajo las armas de Israel, es pertinente echarle un vistazo al origen de este proliferante señalamiento que se ha convertido en el semáforo rojo de la corrección política en occidente. El antisemitismo, es decir, el rechazo a los judíos, comoquiera que se haya llamado a lo largo de la historia, es un factor constituyente del cristianismo desde su mismo origen. Toda religión, nación, agrupación o peña humana alrededor de una verdad privativa exige un adversario que nos permita distinguirnos del otro, y para la cultura cristiana ese otro es el judío desde su misma fundación: un tipo para el que diríase que se inventó el adjetivo contumaz. El que siendo paisano de cristo y teniéndole ante sus ojos no le reconoció, le dio muerte (en realidad la sentencia y la ejecución la llevaron a cabo los romanos, pero no enredemos el cuento) y siguió sin reconocerle durante siglos hasta ahora mismo.