
Las nietas arrastran en ocasiones al abuelo para que las vea jugar al baloncesto. Lo que se celebra en la cancha es un juego rapidísimo y microscópico, en el que la atención del espectador es desbordada a cada instante. Es un juego digital no apto para mentes analógicas adiestradas en la pretensión de comprender toda la jugada. La precisión eléctrica del juego no impide que quienes lo practican estén movidos por sentimientos muy hondos y genuinos. Las jóvenes jugadoras levantan la mirada hacia la grada en los momentos de descanso para reafirmarse en la certeza de que los suyos están con ellas e intacta su voluntad de victoria.
Nuestro presidente don Sánchez -los santos le tengan en sus plegarias- es jugador de baloncesto, como se repite cada vez que nos sorprende con una jugada inesperada, y después de ejecutar una asombrosa canasta desde media cancha ha pedido tiempo muerto para que amigos y adversarios (estos más aficionados a ver el fútbol desde el palco del Bernabéu) reflexionen sobre de qué va el juego. De momento, la melodramática misiva en la que anuncia unos días de reflexión para plantearse si sigue o no en el cargo ha conseguido los siguientes efectos:
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