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En lo alto de la cúpula del circo reina una penumbra que impide a los espectadores discernir qué es riesgo real y qué un truco amañado, por más que tengan los ojos abiertos como platos y fijos en los vaivenes del artista. Lo que espera el público es que la actuación responda a sus expectativas, que en el caso de un equilibrista son muy simples: que llegue al final del alambre o que se caiga y se parta el cuello. En España, estas expectativas están repartidas al cincuenta por ciento. Este escribidor prefiere que el equilibrista siga en el alambre porque luego viene el número de los payasos revolcándose sobre el serrín de la pista y don Feijóo, la verdad, no tiene maldita gracia. …
El artista del alambre