El juez desmelenado y el ebanista de Versalles – Manuel Bear

El juez desmelenado y el ebanista de Versalles

Tiene que producir un placer sublime, irresistible, que el mero ejercicio de un empleo rutinario, como  el de millones de otros trabajadores más o menos cualificados, tenga en vilo a todo el país. Es el subidón de autoestima que experimentó el ebanista de Versalles mientras se ocupaba en ahormar el sillón del trono a las nalgas de Luis XIV. Era un trabajo materialmente rutinario pero que tenía al reino en un ay porque entretanto su majestad debía permanecer de pie, como sus cortesanos. Un golpe de vanidad análogo se ha apoderado del juez Peinado, titular del juzgado de instrucción número 41 de Madrid, mientras ahorma el sillón del palacio de La Moncloa a las hechuras del ilustre pretendiente, don Feijóo. La impaciencia de este es notoria, obscena, como nos hace ver en cada ocasión, pero el juez de instrucción, como el ebanista de Versalles, debe ser cuidadoso en sus manipulaciones, no vaya a ser que una punta de clavo mal sellada le rasgue las puñetas de la toga en la que se basa su autoridad. Entretanto, el rey reinante, don Sánchez, debe permanecer de pie y atento a los arabescos procedimentales del juez Peinado porque en alguna de estas formalidades puede quedar enganchado.

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El juez desmelenado y el ebanista de Versalles