En el país de los fachas

Encuentro en la verdulería, entre acelgas y melocotones tardíos, con uno de esos fantasmas que se aparecen a los viejos sin ser convocados, un condiscípulo del colegio surgido de un espeso olvido de cincuenta años. Va atildado y tocado con una coqueta gorra de béisbol, como corresponde al jubilado bienestante y se presenta con el santo y seña consabido: ¿qué, cómo estás? El viejo le devuelve la contraseña: estoy de pie, lo que no es poco. Unos segundos de fastidioso silencio, pero esta vez hay tema: lo de Valencia lo ha organizado Sánchez para tapar lo de Errejón, dice la aparición con una beatífica sonrisa de complicidad. El viejo le sigue elusivamente la corriente: no lo digas en voz alta porque hay gente que lo cree. El cruce de ocurrencias debería terminar aquí, pero quiá, la bola ha empezado a rodar: tengo un primo en Valencia, le llamé ayer y me dijo que es horrible. El viejo piensa que eso ya se ve en la tele y responde educadamente: sí, horrible.  El fantasma entra en detalles: en el pueblo de mi primo, la riada [denominación tradicional de la dana en la remota provincia subpirenaica] ha llegado hasta el techo de las bajeras, dos metros y pico de altura, están sin luz, sin agua, sin comida, y nadie hace nada. La conversación entra en terreno quebradizo y el viejo se repliega: sí, es tremendo.

Pero el fantasma ya ha encontrado el hilo del relato: y esa ministra, cómo se llama, Robles o como sea, tarda la hostia en mandar al ejércitolo manda a Afganistán, a Líbano, a defender los derechos humanos y aquí, que nos pudran. Al viejo le puede la temeridad y entra al trapo: ha mandado al ejército cuando se lo han pedido, la autoridad en estos casos es del presidente de la comunidad autónoma, el gobierno no puede enviar tropas de propia iniciativa porque le acusarían de dictador y de querer invadir Valencia. El fantasma ya tiene la respuesta: claro, porque el presidente de Valencia es del otro partido y así le echan la culpaAl ejército hay que mandarlo aunque no te lo pidan porque es el único que puede poner orden y para eso está. (…)

En el país de los fachas