En Kursk hay una carrera. Los ucranianos y la OTAN quieren mantener su baza territorial de negociación, mientras que los rusos quieren arrebatársela antes de que Trump jure el cargo para fortalecer aún más la posición negociadora de Moscú.
Los últimos peldaños de la escalada que acabamos de presenciar en Ucrania, la implicación occidental en los ataques con misiles a territorio ruso y la respuesta de Moscú lanzando por primera vez, el 21 de noviembre, un misil hipersónico de alcance intermedio llamado Oréshnik con vehículos de reentrada múltiples e independientes (MIRVs), imposible de interceptar y carga convencional, tienen una lógica clara y concreta: se trata de la carrera por definir las bazas para una futura solución negociada de esta guerra.
Con el apoyo de sus patrocinadores occidentales, Ucrania lanzó en agosto una operación militar en la región rusa de Kursk. No era la primera vez que Ucrania y la OTAN bombardeaban territorio ruso. Recordemos que se lanzaron drones contra el Kremlin de Moscú, se bombardearon instalaciones estratégicas como sistemas de alerta temprana y bases aéreas, e infraestructuras tan importantes como el puente de Crimea o la central nuclear de Zaporozhye, ésta en territorio ucraniano conquistado. La incursión en Kursk pilló de sorpresa a los militares rusos y fue desconcertante porque no tenía un gran sentido militar. No frenó el lento pero constante avance militar ruso en la línea de frente, ni parecía sostenible dada la cada vez mayor desproporción en medios y efectivos de los dos bandos. Los rusos siguieron imperturbables machacando las infraestructuras energéticas ucranianas y avanzando en casi todos los sectores del amplio frente. ¿Cual era entonces su sentido? …