Hace pocos días, un lector del diario barcelonés Tele/eXpres resumía bastante fielmente la actitud de la mayor parte de lectores, con respecto a la sección habitual «El día de siempre», que firma Joan de Sagarra: «Al principio —venía a decir el lector— me irritaban, pero ahora confieso que es uno de los rincones del diario que busco con mayor afición». Sagarra es, hasta ahora, un escritor de periódicos de los que obligan a los lectores a aprender a leer. Parece un ejercicio perfectamente inútil, tratándose de un medio de comunicación de masas, pero la condición previa para degustar a Sagarra es descubrir unas claves, deducir un código de lectura en el que tiene especial importancia transigir con los talantes del escritor. Talantes variadísimos y variadizos. Con todos estos problemas, en el contexto de un periodismo que sólo utilizaba la elipsis para hablar de Matesa o de la politiquería madrileña, la sección de Sagarra parecía condenada al fracaso.