Es sabido que las lágrimas son un arma de mujer que no siempre mueve a la compasión y a menudo despierta la complacencia. Así ocurría esta mañana en la mesa contigua de la terraza del café, en la que una pareja de varones añejos comentaban con una sonrisa de inocultable placer la noticia del día: urralburus, cerdanes, y la Chivite llorando. Los indígenas de la remota provincia subpireanica no necesitan que nadie les descifre este crucigrama porque lo llevan anclado en la memoria desde que eran jóvenes y se disponían a aceptar las promesas de la democracia.
¿Cómo se explica que unos tipos de medio pelo, que vienen de las profundidades de aldeas ignotas, ya sea del bosque atlántico (Ezcároz) o la llanada mediterránea (Milagro), desarrollen ese instinto para sacar pasta de los agujeros negros de la economía? Ni siquiera pueden alegar que pertenecen a la plutocracia madrileña o barcelonesa. He aquí un patrón que intriga y a la vez divierte a la derecha y desconsuela a la izquierda, lágrimas de doña Chivite incluidas. Pero aún hay una pregunta más intrigante: ¿por qué son todos paisanos de la misma región?, ¿por qué proceden del mismo ecosistema político, social e histórico? Aventuremos una respuesta recreativa.…