La corrupción española tiene marcas distintivas. La de derechas se representa a plena luz del día por un tipo arrogante y complacido –don Blesa, el Emérito– que empuña un fusil y se exhibe con una pieza de caza mayor a sus pies. Las imágenes de la corrupción de izquierdas son menesterosas y tenebristas; el escenario es una habitación anodina donde aparecen unos tipos feos y obesos en calzoncillos que sonríen después de haberse zampado una ración de langostinos y a los que acompañan mujeres de aire ausente envueltas en toallas como si acabaran de salir de la ducha. La corrupción es unánime; los estilos, diferentes.